La virgen del pan de trigo

Durante mi vida he tenido varias comidas preferidas, de esa corta lista recuerdo que mi primera comida favorita era el pasticho que preparaba mi abuela Rosa. Ella no sólo fue la primera en inaugurar mi lista de platos preferidos, también es la dueña de mi primer vocablo: tata. Mi mamá dice que no se resiente por nada de esto, pero si sé de esas primeras vivencias irracionales, es porque ella misma en momentos no importantes de recordar me lo recuerda; claro siempre con cierto tono de ironía.
En la Av 3 cerca de la plaza el llano, existe una casa vieja aún con aires coloniales con la que he desarrollado un extraño nexo. Esta casa verde-blanqui-roja como la bandera de Italia, no es más que un restaurant, mejor dicho casi un tugurio de comida ejecutiva. Sopa, Seco y Jugo. Se me ha metido en la cabeza y en el recuerdo gastronómico que ese lugar huele como olía la casa de mi abuela cuando se cocinaba un pasticho. Muchos medio días como allí para saciar el hambre y hasta sentirme en casa.
Hoy la señora que generalmente me atiende estaba de un raro humor, algo confundida y apurada. No trajo la carta, asumió al verme entrar que pediría pasticho y me lo avisó diciendo algo como: ¿Pasticho y Nestea?. Yo respondí conforme con la oferta porque era justo lo que quería comer. Pasaba y sin mirarme mucho me soltaba las cosas en la mesa. Al transcurrir los minutos comenzó por traer la cesta donde viene el pan, un pan por persona. Hoy fueron dos. Mejor para mí, y para el hambre tan aguda con la que llegué. Luego llego el vaso con hielo y nestea.
El pasticho se tardo más de la cuenta, o quien sabe si el tiempo también es relativo y dependiente de los niveles de hambre que uno tenga. En ese periodo de espera pude detallar que uno de los panes era más amarillento que el otro, más blando y estaba caliente cuando el otro no. De moverlo y voltearlo en ese coqueteo de si me lo como o no, vi que en la parte que pega con la bandeja mientras son horneados, había tomado una forma peculiar. La virgen.
En mi familia hay dos grupos de tías, las que se casan y las que no. Las que se casan, por lo general se divorcian, las que no lo hacen, siempre andan viendo vírgenes, en todas partes en cualquier abstraccionismo natural o hasta en las raya de la corteza de un árbol. Pensé, deben ser manías de familia, ó es el hambre confrontada con tanta cafeína que seguro esta transformando mi visión. Era la virgen posterizada en naranja y amarillo mostaza, no tengo duda de ello.
Pensé en decirlo y luego tener fama, gloria y riqueza. Guardar el pan tomarle fotos y publicarlas en un libro que explicara científicamente que la virgen si es andina como canta aquella parranda, o sólo dejarlo al azar y comerme el pan si era estrictamente necesario. La prueba consistía en acompañar cada bocado del pasticho con uno de pan y al final ver que quedaba. Las cosas, no estuvieron a mi favor, o a favor del dogma. Hoy muy congruentemente con todas las rarezas en el servicio del O sole mio, el pasticho era mucho más grande que lo que normalmente es.
