Introspección: Esperar la muerte.

Ser parte de una institución pública tiene sus ventajas y bemoles. Más cuando se está en Venezuela con todos los problemas económicos y laborales, esta condición puede estar intricadamente presta a interpretaciones de varios tipos. En general creo que sólo se presta a dos(2), la común y la mía.
Sentir que hoy es el resto de mi vida es francamente desesperanzador, aunque para muchas personas adictas a “la seguridad” y a la “estabilidad” expone un sueño ampliamente codiciado. Pensar que de ahora en adelante sólo queda por acumular accesorios, comprar una casa, formar un hogar y todo lo demás que haya que hacer, fundamentado sobre la formula de tener el trabajo seguro “donde no botan a nadie”, hasta la jubilación (período posterior en el que realmente se supone que viene lo bueno) objetivamente me desmotiva muchísimo. Creo que esto es a lo que llaman monotonía, y es como vivir la vida a través de un guión muy esquematizado y predecible.
La vida laboral de un individuo en Venezuela (creo) está estipulada para realizarse en un lapso no mayor a 24 años en situación normal, además, (creo) existen algunas consideraciones especiales para quienes descubran que padecen de una “incapacidad” que les impida laborar normalmente; ya sea, ser diagnosticado médicamente de vértigo, de fiebre aftosa, de cadillos, de alergia al polen, parvovirosis, encefalitis equina o de la enfermedad del sueño en cualquiera de sus modos, entonces es posible hacer uso de este comodín y así reducir la condena a una porción de la misma.
Mi abuelo Matías quien es un hombre de edad vieja y dudosa ahora debe estar acostado en su chinchorro sonriente y tomando brandy para pasar el calor Cojedeño con una sola respuesta para dar a quien le pregunte sobre qué está haciendo. Con un desparpajo tremendo responde: aquí estoy, esperando la muerte para ver si me sorprende adormecido en mi fiel chinchorro. Luego de dar tan molesta contestación a quienes altruistamente se han tomado la gentileza de cuidarlo en esta etapa de su vida, inmediatamente salta con alguna historia de su juventud, que son innumerables e imprecisables de verdad.
Hoy día con sólo 23 años de edad se me hace indignante sentir que si me preguntan ahora que estoy sentado en mi incomoda silla, y con mi computadora al frente adormeciéndome de aburrimiento, tener que responder que estoy aquí, esperando la muerte. Es lo que se desprende de sentir que toda mi vida es como el día de hoy más los fines de semana, que todo va a ser igual durante 24 años o menos si tengo la suerte de enfermarme, y que luego, cuando me jubile podré disfrutar de mi tiempo y de mi existencia con mi mujer haciendo uso de todos esos servicios que no dicen ser explícitamente para jubilados pero que evidentemente los son, aquí en Mérida, ciudad a donde vienen a morirse millares de personas de todas partes de Venezuela que ya hayan cumplido satisfactoriamente su periodo laboral.
